Hacinados.
























Viajamos seguido a Cortés esquina con Pacífico.
Compartimos travesuras y travesías.
Mis labios humectados por el aceite de coco en tu espalda.
Tus brazos se entrelazaron en mi nunca,
una noche en que los lobos de mar
hacían desmadre en el arrecife.
Vivíamos tan hacinados en esa casa móvil que si uno se tiraba un pedo
el otro lo olía en segundos.
Te tuve a la extensión de mis brazos por años
mismos que me cortaría de saber
a dónde te fuiste sin decírmelo.
Tampoco pude sostener por más tiempo
La alegría, que de mis manos se desprendió a trozos,
como si fuera de amaranto.
Esperándote me convertiré en arena,
y tú me pisarás un día soleado

donde el viejo mar hace espuma. 

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