La necesidad, tú.



Levanté el auricular al cuarto repique. Me sequé las manos con la toalla que tengo a un lado del lavabo , y destapé la olla de la pasta para detener su ebullición antes de contestar el inalámbrico.
-Soñé contigo-
-¿Otra vez?
Empecé a trozar ajo y cebollín, mientras sostenía el auricular presionándolo con el hombro.
Sara había estado marcandome últimamente, y aunque le había pedido que olvidara todo de mí y hasta mi teléfono, ella sentía la necesidad de compartirme sus sueños a la hora de despertar.
-Sí, y ya tenías bigote.
-Pero tú no me conoces con bigote, hace años que no nos topamos.
Drené el agua de la pasta e incorporé el ajo y el cebollín,agregué margarina y comencé a moler la pimienta y la sal de mar dentro de un mortero.
-No, pero en mis sueños ya lo tienes.
-¿Y qué piensas?
-Pareces maricón.
Sara es de esas mujeres que me han ofendido y sorprendido al darse cuenta de mi talón de Aquiles; quedarme con la última palabra. Dejarme colgando en mis razonamientos, sin contestarme durante semanas, o meses. En el otro sartén, los camarones ya salteaban dorados junto al chile de árbol seco. Salpimienté ambas cacerolas y baj Camarones en la tabla de maderade semana..sto que hice dé la temperatura.
-¿Y qué pasó?- le pregunté, apresurado.
-Besé esos mismos labios que dijeron ya no amarme tiempo atrás. Los sentí temblar, miedosos al haber sido descubiertos ante tal mentira. Al siguiente día me abriste espacio en uno de los cajones de tu clóset mientras yo te cocinaba la cena.
Derramé por encima de los camarones el aderezo que había hecho con tomates deshidratados, olivos y hierbas finas. Apenas había pasado el 19 de septiembre y ninguno de los dos felicitó al otro, como sí habíamos hecho todos los años pasados, provocándome un vago sentimiento de culpa. Saqué el trozo de queso feta que había comprado en el mercado viejo de San Juan el fin de semana y lo puse en la tabla de madera.
-Camarones guerrerenses en pasta fina, ¿recuerdas que hasta me pediste la receta?
-No me acordaba quién me la había pasado, pero gracias por recordarme.
-¿Quién te enseñó a cocinar?
-La vida, el empirismo, la necesidad, tú. Elige.
-Pues quien haya sido, te enseñó muy bien.
-Gracias.
-¡Es en serio! Amas a tus mujeres con la misma devoción y dedicación con la que amas tus hobbies.
-Gracias.
-Por eso te robo todas las noches, porque no hay nada que me moleste más que pensarte cenando con una mujer que te ama mientras yo aquí, me caliento una sopa maruchan.
-Lo sé, y te lo agradezco.
Colgué el teléfono. Quité las cacerolas del fuego alto y esperé a que ambas bajaran su temperatura. Agregué el sartén con los camarones y mezclé meticulosamente el queso feta con la pasta. Más que hacerles el amor, mis verdaderos orgasmos me ocurren al cocinarle a las mujeres de las que estoy enamorado.

Serví los platos en la mesa y mi novia ya me estaba esperando, sentada a la mesa.
-¿Con quién estabas hablando cariño?
Abrí la botella de vino, una cosecha de tempranillo recién embotellada a principios de este mismo año.
-Con nadie, buen provecho. 

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