Borrego



Tomé el vuelo 787 hacia Cancún. Habían pasado diez días desde la muerte de mi padre y pensé que no había nada mejor que cambiar de aires por un tiempo. El hotel del destino era el Mayan Palace, un resort totalmente preparado para atender cualquer capricho del cliente. ¿Necesito mencionar las cantidades de dinero?ignorémoslas. A mí sorprender, era un lugar tan utópico que ni siquiera pude conseguir un poco de marihuana, pero creo que me estoy adelantando.
El vuelo se había retrasado, y eso sólo prolongaba las ansias que me causaba subirme a un avión, aunque nunca antes me habían dado miedo las alturas. Era un miedo infundido un tanto por mi nueva obsesión por todo lo espacial (es difícil de no contagiarse cuando el 2012 se acerca) y más que nada un miedo a no querer morir. Antes de que mi padre muriera nunca pensaba en ello, sentía la muerte tan alejada de mí como quien ve un comercial por la televisión o algún espectacular. Gente siempre joven, reluciente, y sin miedo alguno.
Pero la muerte de mi padre me enseñó la fragilidad del todo. Como romper una bola de cristal, y dejar que esa pequeña choza en las montañas con el borrego siempre pastando se exponga a la cruda realidad.
Consigo una revista con Zach Galiafinakis y leo un artículo sobre como intercambiar favores por sexo con tu pareja. Tiempo después, vocean el vuelo.

Me subí al avión y conté hasta el número veintitres donde me tocó el gran premio, el asiento en la salida de emergencia. La azafata se acercó y dijo “ En caso de que llegara a suceder algún problema, ustedes tendrían que auxiliar al resto de los pasajeros, ¿eso les parece bien?” para lo cual contesté que sí pero personalmente a veces siento que no me puedo auxiliar a mí mismo. El avión se prepara, las turbinas se encienden y empieza a acelerar en línea recta. Al poco tiempo, despegamos.
Los primeros impulsos y la forma en la que el avión se incorporó al manto celeste logró que me sudaran las manos. Me proveo de calma al ver que el resto de los pasajeros ni se inmutaban por el acontecimiento, además de que se me vienen a la mente todas las personas que conozco que viajan habitualmente en avión y todos los años que lleva la aeronaútica siendo practicada para que este viaje sea de los más seguro. Mientras contemplo todo lo que me da seguridad, escucho a la azafata decir “El piloto nos avisa que estaremos pasando por zona de turbulencias” y en ese momento el avión comienza a agitarse.
Escucho la risa de unos niños atrás de mí cuando brincotean en su asiento, pero mis manos se han convertido en manantiales. Cuando los golpeteos sezaron conseguí olvidar mi paranoia leyendo una entrevista de Werner Herzog.Un cineasta valiente, que lleva barcos a través de selvas, dirige con pistola en mano para asustar a sus actores, fue disparado mientras daba una entrevista al aire, y en este momento está creando el primer filme 3D sobre pinturas de cavernícolas. Un gran hombre, y yo aquí como un gato miedoso penando la muerte de mi padre.

El avión arribó a su destino. Claro está, con horas de retraso y el peor servicio de maletas del que he sido partícipe. Afuera de la terminal había un taxi colectivo que me estaba esperando. “¿De dónde nos visita?” ,“De Cuernavaca” ,“¡Vaya!, esa es vida, de un paraíso al otro”, “Algo así” le contesté.
Al llegar al hotel, es como si algún Maya loco se hubiera mandado a hacer la palapa más grande y majestuosa del mundo. Me entregan mi llave en recepción, dejo mis maletas y salgo a buscar algo de cenar. Traté de caminar por el resort a la zona de restaurantes, pero era tan grande y los caminos tan confusos que varias veces me perdí entre ese laberinto. Al último y guiándome con la estrella del norte (exagero) encontré el edificio. “Bienvenido” me dijo una hostess vestida con kimono. Elegí la comida oriental sobre el restaurante de comida italiana cruzando al pasillo. Me senté a beber vino blanco antes de que llegara la orden. Me encontraba absorto en mis pensamientos, y me repetía “¿qué será de mi padre?¿Acaso hay una vida después de la muerte?¿Reencarnación?¿Nada?”
Terminé de cenar y fui a dormirme. Me acosté en la cama king size y bajé la potencia del aire acondicionado. Con la mirada dando hacia el techo, me volví a preguntar “¿qué será de mi padre?”.

Al otro día, desayuné en el buffet. Para este momento ya me había dado cuenta que probablemente gastaría el resto de mis vacaciones en este complejo turístico. Completamente alejado de la sociedad, lo único que hay que hacer por aquí es relajarse y pasarsela bien, o al menos eso dicen en los folletos, pero a mí se me dificulta de manera terrible conseguir alguna de las dos, ¿y las dos al mismo tiempo? imposible. A la mitad de mi platillo, un impulso por llorar me hinchó los ojos y pensé “¡Maldita sea! ¿Por qué no se pudo haber muerto después? No es que lo quisiera para siempre vivo pero aún no soy nadie. Tengo veintitres años y sigo sin ser un artista reconocido, sigo estando tan delgado como un adolescente, puta madre, ni siquera tengo un trabajo fijo, ¿por qué no murió cuando fuera reconocido?”

Procedí hacia la playa del hotel. Del mar provenía un viento imparable, que hacia del calor algo soportable. Los niños jugaban a la orilla del mar y encima de ellos las gaviotas suspendían su vuelo en el aire a contracorriente. Pero al llegar a la playa me enteré que solo era una larga pantalla azul que da al horizonte, por que está prohibido nadar. Como si un mago me presentara sus secretos, comencé a descifrar la serie de espejos que te venden en este lugar para llegar a sostener esta apariencia, con tal de que puedas decir que estuviste en Cancún. Los mariscos que cocinan en sus restaurantes son importados de otras zonas costeras, ya que aquí no hay negocio en la pesca. Sus frutas y verduras también son traídas de otros lugares ya que la tierra es tan árida que no logra crecer ningún fruto. El clima, si es que uno lo busca, es sumamente caliente, pero existe tanto aire acondicionado y sitios techados que muchas más veces uno tiene más frío que calor. Y por último, la playa que posa enfrente de mí, hermosa y de un color verde esmeralda, está infestada por tiburones. Camino entre las palapas, colocadas al borde de la piscina y escuché a un gringo decir “ Now this is what i call a good life!”.

Mi instinto por conocer mujeres se desató. Seguí caminando entre las palapas viendo cuerpos hermosos a mis dos lados. Pero también me fijé en otra cosa. Los libros que estaban leyendo. Me pregunto si los mexicanos necesitarán ir a la playa para retomar la literatura, porque es el único lugar fuera de una librería donde la gente se dedica a leer un libro completo. Caminé y vi de reojo las portadas. Keith Graham, qué hueva, Elena Poniatowska, ya superenla, Umberto Eco... pero qué agonía ¿quién viajaría tantísimo para llegar a este lugar a leer a Umberto Eco?
Pero entonces, como una ilusión, vi a alguien leyendo Una cerveza de nombre derrota. Era delgada, de tez blanca, y tenía la planta de los pies roja por caminar sin sandalias. Yo calculé unos dieciocho años. Nunca he sido bueno para ligar, pero pensé que a mi padre le hubiera gustado que si quiera lo intentara. Di otro par de vueltas a la piscina, antes de acercarme.
“Ese es un gran libro” le dije señalando la portada, muy positivo de mí mismo. “¿Te gusta?” preguntó ella con una voz tersa como el terciopelo. “Sí, ¿en qué capítulo vas?”, ella empezó a citar “Yo provengo de su semen. De su sangre vigorosa. Todos los hombres provenimos del semen de otro hombre. Así ha sido siempre”, “Y así seguirá siendo” le respondí.
Su nombre era Jimena, el cual me recuerda a una compañera de mi primaria que me gustaba, igual de tez blanca y mejillas sonrojadas, pero no son la misma. Mi padre me solía hacer burla, me decía ¿Jimenas un besito?
Fuimos hacia el bar que está en la alberca y cuando nos sentamos el agua nos llegaba a la altura de nuestros pechos. Jimena pidió una piña colada, y cuando estiró su mano vi la delicadeza y finura de sus dedos. Yo decidí tomar una cerveza oscura. “¿De qué estábamos hablando, ah si, llegaron tres chavos con pistolas y te bajaron del carro”, “no, no eran chavos, te digo que dos tenían bigote. En fin, entonces nos pusieron contra la pared a mi amigo y a mí en lo que huían con la camioneta” Jimena se rió mientras come totopos “Tienes buen humor para las circunstancias” “Pues, parece” le contesté. Nos secamos con las toallas de hotel que probablemente han usado otros cientos de personas y nos dirigimos por un café y algo de comer. He pasado tanto tiempo en soltería que la mano cálida de una mujer entrelazando sus finos dedos con los míos me bastó para sentirme completamente enamorado. O era eso o tal vez era la necesidad de la compañía de alguien fuera de mi familia.
Le hablé a Jimena como si ella fuera mi terapeuta y yo su paciente. Le conté los hechos de cómo acribillaron a mi padre al costado de una carretera en Tijuana y también sobre mi hermano, que tuvo que ir a reconocer el cuerpo. Le conté de cómo esto me hacía sentir miserable y como también mi inhabilidad de llorar en estos momentos me estaba carcomiendo. Jimena me prestó atención y parecía comprender el momento por el que pasaba. “Pero vamos, no todo se trata de mí” le dije, y tomé de su mano, su delgada y fina mano; “Pues a comparación de lo tuyo, mi vida te sonará completamente aburrida. A mí no me asaltan, no viajo tan seguido y mi familia está completa.” Se dió cuenta de su comentario y se llevo la mano a la boca “¿Ves? Soy muy tonta para expresarme, si quieres, sigue hablando y yo te escucharé”
“Lo que es cierto es que si no hubiera pasado esta tragedia tal vez nunca hubiera regresado a escribir ficción. Mi padre era de mis pocos admiradores que promovían mis libros con todo con quien se dejara, y decidí que en su memoria no puedo dejar de escribir los libros por los que él se sentía tan orgulloso”
Le hablé a Jimena sobre mi padre. De su figura corpulenta y bigote grueso, y de su gorro de capitán que lo hacía ver como Mario Bros. Le hablé sobre su alcoholismo y como de niño yo le pedía pactos para que él parara de beber, pero mi padre sabía que yo no podía apostarle nada más valioso que un trago. Le hablé sobre su amor a los automóviles y las motocicletas, de cómo los compraba, arreglaba y vendía en un mejor precio. Le hablé sobre la obsesión que mi padre tenía sobre mi madre, y de cómo siempre la recordaba aún en las cosas más ínfimas. Le hablé sobre él.
“Vamos” dice Jimena, “no te puedes sentir tan mal, hay muchos superhéroes que son lo que son por no tener padres” al principio me quedé callado, pero después me ganó la risa.
Aunque la plática se mantuvo fluida, había momentos en que guardaba silencio y volteaba a ver a otro lado. Aunque por momentos, cuando me distraía, sentía que desaparecía, que su presencia se esfumaba, y volvía cada que yo le ponía los ojos encima.
No tomó más de una hora pasar del atardecer a la oscuridad de la noche. Jimena insistió en estar cansada y que sólo la luz de la luna la podía aliviar, lo cual me pareció algo gracioso y opté por cumplir su demanda. Caminamos toreando las olas, con una tenue luz azulada dandole contorno a nuestras sombras. Jimena daba piruetas y volteaba a sonreirme en la oscuridad con sus dientes blancos, poco le faltaba para ser el gato de chesshire. Su imagen desaparecía a mi alrededor mientras ella daba piruetas y se ocultaba entre las rocas y las palapas. En un momento la atrapé y me atreví a besarla en los labios. Ella se rió coqueta, y me dijo “vamos a nadar un poco”, “¿estás loca? Las piedras y el coral nos van a destrozar los pies”. “Anda, sólo un poco” me dijo, y empezó a desvestirse.
Dejamos nuestras cosas bajo la bandera roja que ondeaba en un peñasco, y nos metimos al agua fría. Jimena cruzaba por las piedras como si se supiera el camino de vuelta al mar, mientras que yo me tropezaba y lastimaba con cuanta piedra estuviera enfrente de mí. Nadamos hasta donde las olas apenas nos meneaban, y la tomé de su fina y delgada mano mientras flotábamos en nuestra espaldas. Al voltear a ver las estrellas, recordé la enorme distancia que me separa de esos planetas. Contemplé lo diminuto que soy en este espacio y en este tiempo, como mi existencia afecta solo en un mínimo porcentaje de la historia del universo. Pensé en mí, en los cientos que existen con mi nombre, en todos los que hacen lo que yo hago y sueñan lo mismo que yo sueño. Pensé en todos los que no han tenido padre y en todos los que se han quedado sin un padre, hasta en los superhéroes. “Tenías razón con la luz de la luna” le dije, “sí, que malo que me tenga que ir” y para cuando volteé hacia Jimena ella ya no estaba.”¿Jimena?” dije al aire, y me zambullí a tratar de buscarla, pero era de noche y el mar estaba tan picado que no podía ver nada en lo absoluto. Regresé a las piedras, siendo azotado con las olas de la marea nocturna cada que trataba de incorporarme. “¿Dónde está?” Volteé alrededor pero en el mar nada se veía.
Cuando comencé a pisar arena mis pies y mis muslos estaban rasguñados, y de algunas heridas emanaba un poco de sangre. Fuí a recoger nuestras cosas debajo de la bandera roja pero solo encontré mi mochila. Saqué la toalla y cuando la extendí algo cayó en el suelo, pegándome en el talón al caer. Con la toalla alrededor de mi cuello, recogí el objeto y le sacudí la arena. Era una bola de cristal, y dentro de ella había una choza en medio de las montañas, igual a la que mi padre siempre me contaba que se iba a ir después de retirarse. Enfrente de la choza, un pequeño borrego pasta en medio de esta tormenta de nieve. En la parte de abajo de la bola de cristal había algo escrito, decía “¡cuídate, borrego!”, el apodo que me puso de mi padre. Borrego, por mi cabello chino, borrego, mientras me acariciaba las orejas, ¡borrego! Cuando me quería llamar la atención. Y aunque hoy hablé mucho con Jimena, no recuerdo en ningún momento haberle mencionando este apodo.
Volteé a ver hacia el mar de nuevo. Después, subí la mirada hacia las estrellas.

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