Estimada.

Si ya sé, estos fueron tus dos primeros pensamientos cuando recibiste esta carta: ¿Por qué me llega una carta con remitente del reclusorio? Y ¿Qué hace mi apellido ahí encima, tan sospechoso de cargo? Para poder responderte estas preguntas primero te tengo que contar algo que pasó hace algunas semanas. Hay algunas cosas que no sabes de mí, o que más bien no había tenido oportunidad de decirte. La cosa es que a veces vendo marihuana para tener algo de dinero extra. No te preocupes, no soy narco pues a esas transacciones apenas les saco doscientos pesos a lo máximo de remuneración. Lo hago más por el paro a mis amigos que no tienen con quién comprar y acuden a mí como si fuera su pequeño salvador. En fin, lo que pasa es que conozco a un dealer el cual me vende medio kilo para que yo lo revenda después entre mis camaradas. Ese día era miércoles y a veces no tengo clase esos días porque mi maestro es un pelmazo que le da flojera levantarse temprano y nos deja plantados ahí a las 8 de la mañana muertos de frío hasta que se nos avisa que el wey no va a asistir de nuevo por segunda vez en el mes. Decidí aprovechar para irme a encontrar con mi dealer entonces y sacar dinero para comprarme un libro el fin de semana.

Mi dealer es una sombra. Un tótem del cual sólo obtengo marihuana y nada más. Nunca un saludo, nunca una despedida, sólo un leve rozón de manos cuando intercambiamos dinero por mercancía. Hasta el día de hoy nunca lo he visto a los ojos y a veces dudo que si quiera los tenga. Total que vine al departamento y descubrí que esta vez me había dado más, casi tres cuartos de kilo, lo cual me llenó de orgullo y apremio como cuando uno va a las rebajas en los centros comerciales y siente que se acaba de chingar a la tienda de ropa aprovechándose de tan buenos descuentos. Le empecé a marcar a mis amigos y al momento arribaron tres de ellos para recoger su parte y pagarme el dinero. Yo ya empezaba a cavilar sobre qué libro me iba a comprar. ¿Iba a ser una novela o un ensayo? ¿De quién? Pensé que a la mierda, mejor compraba ambos y me preocupaba por el dinero después. Uno de Schopenhauer y uno de Cioran, eso me iba a mantener entretenido por el fin de semana. En fin, ¿en qué estaba? Ah si. Llegó la noche y empecé a escuchar mucho ruido encima de mi cabeza. Muebles que eran arrastrados, lámparas y platos que se rompían, tú sabrás. Nunca has venido a visitarme a mi departamento así que te explico un poco. Yo vivo en el departamento número siete de un pequeño edificio con veintiún departamentos (en realidad son veinte los departamentos, pero el dueño salió supersticioso y no quiso poner un departamento con el número trece), Dentro de mi cuarto hay un balcón con un delgado barandal que tiene una espantosa vista a los tacos de enfrente. Lo único que puedo ver desde ahí son los carros encerrados que están alrededor de los departamentos y algunas casas sin gusto ni estilo de la calle que está cruzando. Como el movimiento de los vecinos que estaban encima de mí hacia temblar el edificio decidí salirme a leer un rato. Estaba leyendo la novela de Fadanelli titulada Lodo. Siempre he leído que es su mejor obra y al leerla me daba cuenta de por qué lo decían. Era la única obra que tenía en realidad, todo lo demás era parafernalia de palabras. En fin, no me quiero poner muy culto con estas cuestiones, yo sé que a ti ni se te pasa por la cabeza leer libros pero ya sabes que a mi me encanta.
Los libros buenos son como agua fresca un segundo antes de morir de sed, son estos libros los que levantan personas. Un buen libro te puede hacer volver a creer en la vida como un medio decente de subsistir y te puede hacer revalorar lo que antes pensabas mediocre. Si yo fuera un superhéroe (que no lo soy, pero la hipótesis es necesaria para esta metáfora) los libros buenos serían la fuente de mis fuerzas. Sería como Birdman, que al acercarse al sol sostiene puños de acero al final de sus brazos. O al igual que Popeye con la espinaca, sólo que lo mío sería la tragadera de letras. Los libros buenos pueden hacer maravillas en el ánimo de uno y simplemente revitalizan de manera edificante. Un solo buen libro puede edificar y justificar a la humanidad por suficiente tiempo como para esperar a que otro buen libro se publique. Claro todo esto es con buenos libros, pero algo tan glorioso también tiene su lado oscuro. Los libros malos son pantano que nos retrasan, nos entretienen, nos capturan y nos quieren matar. Los malos libros son la criptonita. Un mal libro te puede hacer desistir de toda literatura y volverte torpe en la vida o tibio en los sentimientos. La derrota que se siente al haber leído un libro malo es tal que se debería de quemar al escritor junto con su obra porque sino puede tener el mismo efecto que el de un Iraquí kamikaze. Los libros malos matan un poco y los libros buenos reviven como ninguna medicina. Por eso la literatura debería de ser considerada un deporte de riesgo, justo como las toreadas o el boxeo.
Dios, ya me desvié de tema otra vez. ¿En qué estaba carajo? Ah si. Me salió peor el chistesito de salirme al balcón porque adentro sólo tenía el molesto zumbar de mis bienes cada que los vecinos azotaban algo pero afuera podía escuchar sus discusiones con toda claridad. Se decían cosas como y siempre el pendejo termino siendo yo o ¡Hazme el chingado favor de devolverme el teléfono! ¡Le voy a marcar a mi madre! Si algo me saca de desconcierta cuando estoy leyendo son las pláticas ajenas. No me dejan concentrar. Por eso Dios bendiga al que se le ocurrió inventar a los audífonos, el mejor instrumento para disfrutar del arte de la música y hacer callar a la chingada al resto de la humanidad. Lo triste es que no tenía audífonos por entonces y tuve que regresar, ya casi cuando estaba oscureciendo a la comodidad de mí cuarto.
Mi cuarto es una cueva sabes, es un refugio de ermitaño con el cual estoy bastante acostumbrado. Paso más tiempo en mi cuarto que en cualquier otro lugar y ahí planteo gran parte de mi vida. Además de que soy un fumador de marihuana solitario, y me dio mucho gusto que la noche empezara a caer porque marcaba la hora para empezar a fumar a mis anchas mientras prendía la televisión.
Entonces esto fue lo que pasó. Terminé de leer con esfuerzos un capítulo, puse mi separador, me levanté de la silla en el balcón y entré al cuarto. En el cuarto tomé mi bong y decidí rellenarlo y ponerle agua fría de la jarra para que el humo no pasara tan caliente hasta mi garganta. Tomé el cenicero y deseché la marihuana envejecida y grisácea del bong cambiándola por una más fresca y con un verduzco oscuro. Hasta ese momento no había probado la mercancía que compré de mi dealer, pero apenas me acordaba que cuando me estaba bajando de su automóvil me dijo Lo que sea de cada quien, pero esa es la mejor marihuana que he tenido en mucho tiempo. Pensé que era una táctica de venta (y una muy innecesaria, porque yo amo a mi dealer y lo alabo como si fuera un santo). Por fin cuando ya me disponía a gastar otra noche más acostado y riéndome de capítulos repetidos de Los Simpson fue cuando los gritos de mis vecinos empezaron a subir de tono y poco a poco se acercaban a mi oído chillando dentro de él. Al escuchar eso volteé a ver a mi ventana y justo en ese momento mi vecino decidió tirar a su esposa por encima del barandal. Sí, así como lo acabas de leer, cuando giré mi cuello hacia la ventana que da al balcón pasó mi vecina gritando, con la cabeza apuntando al concreto. Por una fracción de segundo nuestras miradas se cruzaron, yo con mi bong en la mano y ella gritando todo el aire que tenía en los pulmones. Tenía, porque se murió. Se escuchó un sonido hueco cuando pegó contra el coche pero la alarma reaccionó rápidamente. Su sonido no era necesario, todos sabíamos lo que acababa de pasar. Por puro morbo me fui corriendo al balcón a ver su cuerpo y cuando volteé hacia arriba allí estaba mi vecino observándola también. Los de los tacos de enfrente se quedaron con la boca abierta y se escuchó a lo lejos un ¡Madres!
¡Fue él!, ¡el que tiene el florero! Gritó el güero que estaba destazando la lengua de un buey en su madero. A partir de ese momento todo fue un mal viaje. Yo grité de vuelta que no era yo, que era el wey de encima pero para ese momento mi vecino ya se había escondido o tal vez ya se había salido del departamento, aprovechando la confusión. Yo también me metí a mi departamento pero en eso sentí como la marihuana empezaba a filtrarse en mi torrente sanguíneo. Juro que nunca me había arrepentido tanto de haber fumado marihuana. Como mi dealer había previsto, esa hierba no era algo de este mundo, era prácticamente asesina. Mis pasos se volvieron lentos y mi cabeza se aceleró a un paso al que yo no podía alcanzarla. Las ideas que me pasaban iban desde el simple no pasa nada hasta el toma un autobús y lárgate a la chingada. Sinceramente hubiera hecho la segunda opción fácilmente pero las circunstancias hacían imposible que me moviera más que unos cuantos metros. Me sentía invadido dentro de mi cuerpo y despojado de mi alma. Tomé asiento. Me repetía que estuviera tranquilo y que respirara profundamente, pero el hecho de tener que hacer eso me hacía temer más las consecuencias. No puedo asegurar cuánto tiempo pasó hasta que escuché la primera patrulla. Pero ese día parecía que no había nada mejor que hacer porque al momento ya había siete patrullas afuera de mi departamento con la torreta prendida y haciendo el mayor escándalo que se pudiera.
Empecé a escuchar parejas de pies subiendo rápidamente por el edificio, demasiado rápido para mis movimientos. Justo en el momento que tocaron a mi puerta yo alcanzaba el interruptor para apagar la luz de la sala, movimiento que tomaron los policías como culpable y entonces decidieron tirar mi puerta. Empezaron a golpearla intensamente, y yo sólo podía pensar que estaba a punto de orinarme del miedo. Es difícil describir las circunstancias. Mis manos sudaban frio, mi estómago daba piruetas cada que los policías asestaban otro golpe y en general estaba que me cargaba la chingada. Pero como toda buena anécdota esta tiene su giro de comedia. Los policías derribaron mi puerta y me encontraron a mí en pijama, con los ojos completamente rojos y moviéndome torpemente. Me pidieron que me identificara y les dije mi nombre, después me preguntaron que si yo había sido quién había tirado a la mujer del balcón. Yo les dije No oficiales, fue el vecino de arriba yo sólo estaba aquí viendo la tele cuando la tiró por la ventana. Y así de la nada el oficial se incorporó y se rascó la cabeza. Se sentía terriblemente avergonzado, me pidió disculpas por derribar la puerta y se dio media vuelta gritándole a los otros policías que subieran al siguiente piso. Qué pinche suerte. Qué pinche y jodida suerte tienes, me dije. Con la aceleración de ideas y eso que te decía que me estaba pasando yo me sentía obteniendo una medalla con Chewbaca gritando al final, una medalla de alguien que se salvó de la tira siendo sincero. Yo estaba a punto de celebrar cuando uno de ellos dijo ¿Y ese olor qué onda?
Me da un poco de pena explicar los detalles después de esa pregunta, pero como sabrás la cosa no terminó nada bien. Catearon mi casa y encontraron medio kilo de marihuana y una pequeña planta en mi baño. Me dijeron que si sacaba la mordida podía pasar esto desapercibido pero yo les contesté que no tenía dinero, sólo libros. Sí, libros es lo único que poseo en esta vida. No tengo la menor duda de que si no me gustaran los libros sería un chavito fresa despreocupado por la vida. El dinero que obtengo podría fácilmente sacarme a pasear al menos unas dos veces por semana, pero en cambio tomo ese dinero y lo invierto en ser un huraño. En vez de salir a cenar o verme con alguien en el cine los viernes por la noche me voy a comprar un libro de un autor que nadie conoce y con el que nadie podré platicar. En vez de retacar mi refrigerador de ricos comestibles me compro novelas que ingiero en pocos días como si fuera mi verdadero alimento. En fin. Ellos lo tomaron como si me estuviera burlando de ellos y me mandaron directo a la penal por posesión de marihuana. Ahora, como sabrás, no llevo mucho tiempo en este lugar pero lo estoy empezando a asimilar.
Y entonces te vas a preguntar que por qué te mando esta carta yo a ti. Vas a decir este wey necesita dinero o como sabe que mi madre es política va a querer que le haga algún favor pero nada de eso. Déjame decirte que nada de eso. Estoy en una celda con un camastro, un baño y una vista preciosa mejor que la de mi balcón (de las pocas ventanas que ven más allá de las paredes de la prisión, mi ventana alcanza a ver algunos ranchos y establos que están cerca de la propiedad del instituto y todas las mañanas veo a los gallos correteando gallinas para poder pisarlas y por las tardes los caballos se echan un corrida en el campo. Lo hacen con gracia y cadencia, como si estuvieran jugando unos niños en el traspatio). Antes, cuando estaba en mi departamento, me sentía un poco mal porque no hacía más que quedarme acostado en la cama todo el día y sólo esperaba la noche para echarme un toque y dormir como bebé hasta el día siguiente. Lo que me hacía sentir mal era que estaba gastando mi juventud, toda mi bella y gloriosa juventud (creo que me pasé de lanza con eso, pero estoy escribiendo desde una máquina de escribir y da más trabajo borrar eso que seguir escribiendo) y yo instalado en el borde de mi cama no haciendo más que leer libros y dormir. Bueno, pues con lo que me vine a topar en este lugar es que puedo hacer exactamente lo mismo sin problema alguno. Los libros son gratuitos y llegan con la carretilla cada tercer día. Hay al menos unos mil volúmenes que me mantendrán entretenido por largo rato. Ahora en vez de estar en mi cama estoy en un camastro, pero la diferencia no es grande. Como dos veces por día como lo hacía allá fuera y a veces cuando me pongo caliente sólo es cosa de que baje a las regaderas y tire un jabón para que a los veinte minutos esté fresco y descansado nuevamente(ahora este parecería un buen momento para defender mi masculinidad, pero la verdad es que no importa. Aquí es igual si eres homosexual ó heterosexual, porque de todas maneras te van a coger, así que lo mejor es aprovecharlo). Lo que más me gusta es que en este lugar luego hacemos pláticas sobre los libros y tenemos discusiones de mayor calidad que en cualquier taller o academia que haya asistido (y más te vale que no opines pendejadas sobre los libros, porque puede que te caiga un navajazo en medio de la noche si ofendes a Nabokov o algo por el estilo).
Odiaría cumplir treinta. No es algo tan lejano y por eso lo digo. Pienso que los treinta es la edad divisoria, de donde se empieza a alejar de la matriz y estar más cerca de la tumba. Ya para los treinta todo es de bajada, como una calle que bajas en avalancha. Preferiría morir aquí defendiendo las posturas de Sartre ante un sicario católico que seguir viviendo allá fuera. Te escribo esta carta a ti y no a cualquier otro porque sé que tú vas a entender lo suficiente para que si algún día saliera de aquí podré contar contigo para lo que vaya a necesitar. Sé que nunca me conociste y que lo único que nos liga es que tenemos el mismo padre, pero algo me dice que mi hermana (no sé si te moleste que te diga hermana) estará ahí para cuando yo salga de aquí. En fin, ¿En qué estaba? Ah si. No le digas a nadie sobre esto, que la familia se entere en navidad sería lo más preciso para darme algo de tiempo en paz junto con mis libros. Ahora de lo que me preocupo es de que dejen salir esta carta sin que el carcelero o cualquier otro estúpido se le ocurra leerla ó rezongar por su tamaño (hay que admitirlo, para ser una carta está bastante larga). ¡Oh! Casi se me olvida, digo, sé que eres menor que yo y todo eso, pero si algún día tienes ganas de leer un buen libro o fumar buena mota ve a mi departamento en el momento que sientas adecuado. No te preocupes por cómo entrar, de seguro la puerta estará sobrepuesta, como a punto de caerse.

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