Respirar profundo.

Respiraba fuerte, muy fuerte, en el borde a punto del ronquido. Ella le tapó la cara con una almohada pensando en cómo mañana se despertaba temprano. Se la puso y él la quitó, inclinándose a la derecha. Ella la puso de nuevo y trató de dormir. Su respiración fuerte le zumbaba entre los oídos, la hacía quererse ir a la sala, o al cuarto de huéspedes, pero estaba muy cansada. No podía más que ponerle la almohada encima. Él la aventaba lejos de su cara sin intención alguna, con el puro movimiento de sus brazos y su cabeza. La noche llegaba a la mitad. Eso le significaba que apenas tenía la mitad de tiempo para dormir con el que antes contaba, y seguía con los ojos abiertos, rodeada de oscuridad. Así que una última vez y por las buenas le puso la almohada encima de su rostro. La apretó poco a poco para que él no pudiera quitársela de encima aunque se moviera. Se aseguro de posar la palma de su mano encima de la nariz y de la boca de su esposo. Y de repente, silencio. Ya no se escuchaba su respiración fuerte, ni sus ronquidos por venir, ya no se escuchaba nada. Nada, ni su corazón palpitando. Ella se acercó y trató de despertarlo, diciéndole su nombre al oído. Por favor, despierta. Pero no despertó. Ella sintió un gran alivio al saber que ya no tenía que despertarse temprano. Lo único que tenía que hacer era llamar a la oficina y decirles que hubo un accidente en su hogar. Uno muy grave, una tragedia familiar.

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