(Uno)Cerda.

La empezaba a odiar. Bueno, ya la odio, pero justo en ese momento
le tomaba rencor al asunto.
Por la vez que se fue a Nueva York y nunca marcó para avisar
que había llegado bien.
Ó como aquella otra vez cuando me marcó ebria
y balbuceaba groserías
que a la mañana siguiente no pudo recordar.
La odiaba más por todas las noches que me hizo esperar
por su respuesta
por todo el tiempo que me tuvo
paciente
porque sentía como la presión bajaba día a día
y no quería ser un espectador
cuando mi corazón dejara de palpitar.
Entonces, terminó. Lo que no impidió que nos volveríamos a ver
saben, para limar asperezas.
Y llegó a mi casa un día por la mañana.
Platicamos, dijimos cosas que ya habíamos dicho pero no queríamos que se perdieran
en tiempo pasado.
Nos agarramos de la mano, entramos al cuarto.
Le dije que tenía escrito un poema atrás de los párpados y ella cerró los ojos
para poder verlo.
Tenerla ahí, acostada nuevamente, sonriendo y con el rostro dormido
ese era el poema.
Sin cruzar palabras, nos quitamos la ropa y copulamos
sin condón
sin vernos a las caras. Nos merecíamos una última vez,
por los buenos tiempos.

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