Una historia sobre ti, sobre mí y sobre Manuel Santillán.

Panamá, Panamá…
-¡No! ¡Así no va!
-¿De qué hablas?
-La canción, así no va, no dice Panamá, dice van al mar, van al mar…
-De qué hablas muchacha, yo siempre la he cantado de esta forma
-Ya sé yo también pero así no va, me di cuenta hace poco
-¡Dios mío!, toda mi infancia mal cantando esa canción
Estaba hablando con la dueña del bar, mi amiga Yareth. Ella y yo nos conocíamos desde hace años, desde la preparatoria, y por esos tiempos ya nos besábamos a escondidas en el salón mientras que nuestros compañeros vigilaban que su novio no estuviera cerca. Yareth y yo fuimos de las personas más riesgosas de la preparatoria, siempre metíamos a los demás en problemas y entorpecíamos todo tipo de relaciones, bajando novios y novias por igual. Nunca supimos cómo fue que nadie nos puso en nuestro lugar.
-¿Te das cuenta que tenemos seis años conociéndonos?
-¡Ya! No me hagas sentir vieja Plata.
Ella era para mí la representación carnal de lo que el deseo significa. Su forma de hablar, de moverse. Yareth es de esas pocas personas que puede presumir la atención de hombres y mujeres y saber de antemano que cada que pasa caminando las cabezas que están a su espalda dan media vuelta para seguirle el rastro en la cadencia. De su bar ella misma es su gran atractivo, la razón por la que la gente va a beber ahí es sólo para verla y para sentirse atendidos por ella.
-¿Qué me vas a regalar de mi cumpleaños?
-Naadaaaaaa
-¿¡Qué, por qué!?
-jajaja, si te voy a dar un regalo, pero no te voy a decir qué es.
Aparte de nosotros dos en la mesa estaban mis mejores amigos: seis de ellos. Una de mis amigas acababa de romper con su novio en la mañana y ahora con unas cervezas encima desbocaba en contra de los hombres, en contra de la fidelidad y en contra del amor.
-Por que, al final de cuentas, tener una pareja es eso, querer apropiarse de alguien, osea, hacerlo tu esclavo ó tu mascota. Las parejas son dos mascotas y el dueño es el amor. ¡Esas son pendejadas! Yo estaba entre la plática de mis amigos y en barra atendiendo junto con Yareth, de vez en cuando le robaba un beso y le preguntaba sobre mi regalo, pero ella no decía nada. Mi amiga seguía quejándose de los hombres y decidí besarla para hacerla callar.
-¡Pinche Plata! Nada más me besas para que me calle.
-Lo bueno es que ya me conoces.
Yareth me vio besándome con ella y lo único que hizo fue ponerme ojos de disconformidad. Yo no tenía nada que explicarle ni ella nada que reclamarme, así son los amantes. Cuando se hacía tarde y el bar estaba por cerrar nos llegó una llamada de Jessica diciéndonos que siguiéramos la fiesta en su casa, lo cual hicimos. Yareth se paró entre las mesas y gritó que estaba a punto de cerrar por fuerzas mayores. Nos fuimos.

-¡Hola Jessica!
-¡Plata! Te tengo un regalo, son tres churros sabor fresa.
-Ay, ¡muchas gracias!, justo lo que había pedido.
El after empezaba a pegar, todos estábamos cruzados entre diferentes dosis de alcohol nicotina y marihuana. Jugamos con las cartas apostando tragos de cerveza y mentíamos chupando la cerveza por el popote pero sin dejar que llegara hasta nuestra boca. Yareth estaba sentada a mi lado y junto a ella otro de mis amigos. Cuando bebía de la caguama ellos comenzaron a besarse. Lo que sentí no fueron celos ni mucho menos, fue más que nada risa.
-Eres una cabrona, te besas con él porque yo me besé con la otra chava.
-¿Pero de qué hablas? El me besó a mí, yo sólo le estoy siguiendo la corriente.
Salimos de ese departamento y tuvo que dejar a mi amigo que besó a Yareth por última vez y después se bajó del carro, con ganas de tener un poco más de ella. Nos dirigimos hacia su casa y en el camino me paró varias veces pidiéndome que la besara.
-Que se me hace que te vas a tener que parar aquí mientras te me echo encima.
Los besos se intensificaban y su lengua se cruzaba con la mía de una manera como nunca en todos estos años que habían pasado. Me abrazaba y ponía sus manos alrededor de mi cuerpo. Yo hacía lo mismo. Cada que pasaba un carro las luces nos hacían calmarnos un poco, pero no estábamos dispuestos a que eso pasara.
-Yareth, nos vamos a tener que mover de este lugar.
-Vamos a esa calle, se ve que está sola.
Apagué el carro y ella se trepó encima de mí. Me besó con entusiasmo y con ganas de demostrarme lo buena que era en esto. Yo hice de mis dedos unas sanguijuelas que traspasaban y apretaban su piel, queriendo chuparla. Ella me detuvo cuando desabotoné su pantalón.
-No puedo, hoy ella no juega.
-De qué hablas.
-Ando en mis días.
-¿Y eso que?
-… ¿Pues si verdad?
Nos empezamos a desnudar.
-¿Si tienes condones verdad?
- Ni que fuera joto.
Nos reímos y seguimos quitándonos capas de tela para poder llegar al centro de nuestros cuerpos. Ella se puso de costado en el asiento del copiloto y volteo ligeramente a verme.
-¿Qué esperas? Este es tu regalo de cumpleaños. Cógeme.
Me tomó del miembro y lo dirigió dentro de ella. Después la abracé y empezamos a movermos lenta y torpemente, un poco incómodos por el auto pero emocionados de estar cogiendo. Los recuerdos me llegaron de su cuerpo y de sus labios que desde años atrás ya conocía pero nunca había tenido tan cerca. Quise decirle que la amaba por un momento pero no le dije nada romántico, en cambio dije:
-Eres mi mejor amiga.
Su sexo estaba apretado y caliente y en cosa de un momento ya había eyaculado dentro de ella.
-¿Ya te “pllusshshh”?
-Ajá.
-¿Tienes kleenex?
-No tengo condones, cómo crees que voy a tener kleenex.
-¿Y cómo me voy a limpiar?
-Pues ahí de dos: te puedo dar mi playera o mis calzones
-Dame tus calzones, luego los lavo.
Encendí el carro y apreté el encendedor del auto para que calentara el pivote. Busqué uno de los churros que me habían regalado y lo encendí mientras Yareth se terminaba de vestir.
-¡Eres un cabrón! Primero me coges y luego te chingas un gallo
-A huevo.
-Bueno, dame tantito.
Disfrutábamos de todo ello cuando llegó una patrulla y se puso a nuestro costado.
-¡Señor Justicia señor Justicia!
-¿Qué hacen aquí chamacos?
-Nada, disfrutando de un gallo, ¿gusta?

Nos llevaron a los separos así como estábamos y dejaron mi carro en la calle abandonada. Yareth y yo estábamos demasiado viajados para que nada de esto nos importara. A mi me pusieron en una celda junto con otros cholos, nacos y vagabundos y a ella la pusieron en el pasillo de junto con las otras mujeres. En recepción una policía tenía la radio a todo volumen, deseando que todos escucháramos su música. Le grité al policía.
-¡Oiga! ¿Puedo hacer una llamada?
-¿Eh?
-Si, tengo derecho a una llamada, ¿Qué no?
-¿Tú crees que estás en una pinche película gringa o qué?
-¿Puedo hacerla o no?
Me sacaron de la celda y me pusieron al teléfono, de repente la música en la radio había callado y el locutor estaba hablando
-Nos está llegando una llamada de alguien que no se durmió o se despertó muy temprano, ¿cuál es tu nombre amigo?
-Plata.
-Plata, amigo mío, en qué te puedo servir, ¿qué canción quieres escuchar?
-Manuel Santillán de los Fabulosos Cadillacs
-¡Ah como no! Que buena canción, en un momento te la ponemos, gracias por marcar amigo Plata pásatela bien.
En la radio de la estación de policía se empezó a escuchar la canción que todos conocíamos. Presos y policías por igual. Cuando llegaba la parte del coro todos cantaban Panamá, panamá… pero Yareth y yo sabíamos mejor y cantábamos van al mar, VAN AL MAR
-¡Feliz cumpleaños Plata! – Me gritó Yareth desde su celda – Espero que te haya gustado tu regalo.

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